1 2 3 4 5

Ya no hay secreto ni tabú entorno a que los centros educativos avanzan cada día más hacia una visión empresarial; no en el sentido de la generación de dinero per se, sino en la importancia de estructurarse con el más alto rigor organizacional para ofrecer una mejor educación. Y por ahí, en los últimos 10 años en los colegios hemos comenzado a hablar de Marketing, Gestión Humana, Relaciones públicas, entre otras minutas del sector real, como se suele llamar en nuestro entorno al resto de mundo no académico.

Y sí, le hemos dado cabida también a los paradigmas del servicio al cliente y su importancia estratégica dentro de las agendas diarias de trabajo. Claro, hemos iniciado más lento de lo común, si nos comparamos con otros sectores. Pero ahí está: entrando primero a través de charlas tímidas al personal –y con mucho cuidado con los docentes-, pasando por capacitaciones y los más avanzados comienzan a protocolizar la labor de conduce a ello.

Sin embargo, en su praxis es uno de los temas que mayores resquemores genera, en parte por ciertos rasgos de la escuela tradicional que aún están muy aferrados al cómo se articulan muchos centros educativos actuales. Pensamientos que cortan con una cultura de servicio total, como lo es, por ejemplo, pretender que los estudiantes y padres de se adecúen a las formas del docente/ administrativo/ directivo de turno –así sean malas y poco convincentes- y no que las formas del colegio se adecúen a éstos y a las necesidades del contexto.

Por supuesto, el servicio al cliente genera retos insospechados en la educación escolar. Genera pensarnos y articularnos de manera diferente a como lo hemos venido haciendo y ser incluyentes al momento de pensar en cómo educar y edificar nuestras organizaciones académicas en consenso con nuestros consumidores (…) Acercarnos a sus gustos, a sus formas de ver el mundo, sin renunciar al objetivo misional que tenemos: educar bien. La mayor incomodidad que genera el servicio al cliente en nuestros colegios somos nosotros mismos, y nuestra posible incapacidad para cambiar y proyectarnos mejor.