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Por: Mauricio Posada**

La llegada del Siglo XXI, así como el afianzamiento de los procesos de globalización, han hecho del conocimiento un elemento de fácil acceso para las nuevas generaciones, que cada vez más postran sus miradas con profundo interés hacia las instituciones educativas, que se han visto sumergidas en profundos retos, entre los que es posible destacar, el acceso a la información, la vinculación de las nuevas tecnologías al aula, y de una manera particular, la reflexión en torno al ¿Cómo garantizar, la calidad, la cobertura y la interdisciplinariedad como un proceso inherente a todas las aulas de clase?

Esta gran incógnita, ha traído consigo profundos cambios en la estructura misma de las instituciones educativas, para quienes el paradigma educativo necesariamente debe transformarse y debe garantizar la posibilidad de generar una sinergia entre lo que el colegio debe enseñar, lo que el maestro debe realizar en el aula y lo que el estudiante necesita aprender; de esta manera, la teoría educativa, ha dejado de contemplar la formación del estudiante y el éxito escolar como “la medición de conocimientos sobre determinadas materias o asignaturas sin que se tuvieran en cuenta otros aspectos que también inciden en el éxito educativo; entre ellos el desarrollo de ciertas competencias y habilidades, la toma de decisiones, el trabajo en equipo, la resolución de conflictos, la capacidad crítica e innovadora, etc.” (Price Waterhouse Cooper, Fundación Ashoka, Fundación Cotec, & Universidad Rey Juan Carlos , 2017) y ha buscado construir bases sólidas que permitan tener un marco de acción más amplio, que genere beneficios académicos, pedagógicos y organizacionales para la escuela y la familia, como instituciones que deben ser afines y que persiguen un objetivo común: El Éxito Académico.

En relación a ello, la educación colombiana se ve retada en todos los pilares que comprenden la formación académica (De la formación inicial a la profesional), ya que la nueva visión incluye, además de todo un nuevo referente pedagógico y evaluativo, la formulación de estrategias que permitan y promuevan que el “Proyecto educativo nacional sea consecuente con las necesidades sociales y la diversidad cultural de los estudiantes y su entorno. En este sentido, los esfuerzos del sistema educativo nacional, durante los últimos años, se han concentrado en el mejoramiento de las prácticas en el aula y el fortalecimiento del currículo en los establecimientos educativos, generando así modelos inclusivos en los diferentes niveles de la educación”. (MINEducación, 2017).

No obstante, el desafío particular que se entreteje para la educación escolar, no es otro diferente al de la revisión curricular y la vinculación social, en pro de realmente generar un aporte significativo al crecimiento del país, así como formar seres humanos autónomos, competentes y completamente calificados, que tengan las habilidades necesarias para tomar las riendas de la investigación, y puedan jalonar los procesos que por hoy día nacen con profundas expectativas para nuestra población, pero que hacen necesarios el profesionalismo y la rigurosidad de aquellos que lideren y ejecuten estos procesos.

Por esta razón, la educación en Colombia se ve enfrentada a reflexionar en torno a una nueva perspectiva de varios de los elementos fundamentales dentro del acto formativo, (Currículo, Metodología, Evaluación) que se vislumbran como importantes oportunidades de mejora, y que permitirán fortalecer ante todo los resultados obtenidos por las instituciones educativas, en relación al acceso, la calidad y la cobertura del acto educativo.

Asi pues, desglosando los 3 factores anteriormente mencionados, uno de los aspectos de mayor trascendencia en el crecimiento y la transformación de las instituciones educativas se centra en el estudio del currículo; un elemento que trastoca los escenarios de lo pedagógico, lo legislativo y lo académico, y que plantea la real significancia del conocimiento para el ser humano del Siglo XXI, que se encuentra supeditado a los desafíos que le plantea la sociedad del conocimiento, y que debe estar en la absoluta capacidad de dar respuesta a dichos planteamientos. En efecto, la educación debe tener la completa disposición y capacidad de generar un saber competencial, que le permita al estudiante desenvolverse adecuadamente en el núcleo social, académico y profesional desde los cuatro estamentos fundamentales del acto educativo (El aprender a aprender, a ser, a hacer y a convivir).

Sumado a ello, se suma la imperante necesidad de vincular la virtualidad al desarrollo del currículo, creando escenarios educativos que rompan el esquema de lo presencial y hagan conexión con lo digital y lo interdisciplinar, permitiéndose ampliar el espectro de alcance de la escuela, y llevando la educación a escenarios mucho más remotos que los de las cuatro paredes del aula; de manera tal que el aula vincule otros recursos, conecte todas las áreas del conocimiento, fomente el trabajo en equipo y permita su paulatina transformación en una hiperaula de conocimiento en la que el intercambio académico y cultural fluyan cómodamente, y el estudiante este en la capacidad de adelantar su proceso académico de manera individual o colectiva, desde un enfoque presencial o tecnológico (virtual) en el cual el aprendizaje sea producto de la experiencia y en el que el docente sea capaz de convertirse en “diseñador de situaciones y experiencias de aprendizaje” (Fernández Enguita, 2018)

En este escenario, aparece entonces la reflexión sobre lo metodológico, en el que además de garantizar la calidad del proceso educativo, se busca también la formación constante del docente como capital humano que transmite y construye conocimiento, así su importante papel en medio de la necesidad de dinamizar las aulas de clase, permitiendo energizar el pensamiento crítico y creativo, activar procesos de Metacognición constantemente y convirtiéndola en un espacio en el que la curiosidad y el disfrute hacia el aprendizaje, sean elementos que se combinen con la investigación, el rigor y el esfuerzo.

Una perspectiva que tiende a nutrir las expectativas gubernamentales, que recogen el hecho de que la educación está dando vuelcos importantes alrededor del mundo, y que así como lo plantea la (UNESCO;, 2015) debe permitir que crezca el protagonismo del alumno y la generación de conciencia sobre su proceso de aprendizaje, hecho que supondrá que las instituciones educativas programen de manera más minuciosa cada escenario de formación, y logren que el estudiante, el docente y su comunidad de aprendizaje, reflexionen y planteen soluciones frente a todo lo que acontece dentro y fuera del aula cotidianamente.

El último factor, que se involucra en esta reflexión sobre la proyección educativa, concierne a la evaluación de procesos, como un ejercicio continuo y permanente sobre la cual las instituciones educativas deben tener la capacidad de evaluar y retroalimentar el acto educativo, y la población a la cual se ofrece (considerando el crecimiento acelerado de los nativos digitales en el aula de clases) para así generar y estructurar un marco común de acción, practica y pensamiento, que debe ante todo suponer una evaluación constante de los avances, los retrocesos, los pros y los contras de las acciones tomadas en pro del mejoramiento educativo. Este elemento debe ser considerado como un factor crucial y fundamental, que supone para las instituciones educativas y las familias de los educandos el garantizar el acompañamiento permanente, así como la continuidad de procesos, entendida esta última, como la delimitación de nuevos enfoques y nuevos paradigmas, al completar cada uno de los momentos que vive el estudiante al transitar su propio camino de aprendizaje y formación.

En efecto, las nuevas teorías sobre el aprendizaje, las reformuladas corrientes pedagógicas, y la profunda vinculación del recurso digital en el escenario educativo, hacen necesario que la educación reformule constantemente su horizonte y paradigma; si bien es cierto, que el fin único y fundamental de la misma es la construcción del sujeto de manera integral y ética, los caminos que se dibujan para alcanzar este objetivo, cada vez son más diversos y dan fe de la multiplicidad de oportunidades que un sistema educativo como el colombiano tiene para el crecimiento de su acción formadora y creadora. La gran meta ha de ser el aprendizaje experiencial en profundidad, y aunque cueste creerlo, la educación en Colombia tiene infinitas posibilidades para generar experiencias de tal índole.

Para toda institución educativa, el gran reto es vincular todas las tendencias y comprensiones de lo educativo en su horizonte y proyección educativa, un ejercicio que ante todo requiere y exige tener clara la intencionalidad formadora que cada centro educativo posee, para ponerla en controversia con las muchas exigencias que hace el mundo al acto educativo; Todo esto exige a la escuela y sus partícipes, un liderazgo pedagógico claro, comprometido y eficaz, que se permita “soñar el futuro y trabajar para gestarlo en los estudiantes que se encuentran hoy en las aulas. Esto nos pide una ruptura significativa y potente capaz de hacer realmente nueva a la escuela” (Fundación TRILEMA, 2016)

Los retos para cualquier institución educativa frente a las necesidades de formación parecen infinitos, sin embargo, las posibilidades de materializar cada expectativa también lo son. Por esta razón, más que enumerar la gran lista de necesidades educativas, la gran conclusión de este texto, ha de ser la respuesta a la pregunta de ¿Qué tan preparados estamos para traducir el carisma y la esencia de nuestras instituciones en respuestas a los desafíos actuales que son planteados a la educación? Aun cuando las exigencias son más que claras, y los “manuales” sobre como cumplirlas empiezan a proliferar, los caminos no están definidos, y somos libres de transitarlos a nuestro antojo.

De la experimentación y la investigación pedagógica, nacen rutas y caminos diferentes y eficaces para educar con calidad, es por esta razón, que se planteó la reflexión en los tres pilares anteriormente desarrollados, porque la transformación radical de un sistema educativo, solo se logra desde la experiencia, el tiempo, los triunfos y los errores, que terminan definiendo el ¿Cómo? El ¿Por qué? y el ¿Para qué educar?, solo a través de esta reflexión, el acto educativo logrará tocar la totalidad de los escenarios que desde sus inicios a deseado permear.

 ** El Sr. Mauricio Posada es Investigador en gestión pedagógica orientada a Nativos Digitales y alta innovación, directivo de instituciones educativas y colaborador.**

Referencias

Fernández Enguita, M. (2018). El microequipo en la hiperaula. En M. Fernández Enguita, Mas escuela y menos aula: La innovación en la perspectiva de un cambio de época (págs. 160 – 167). Morata.

Fundación TRILEMA. (2016). Modelo de Cambio Multisistémico: Metáfora de Rubik. Valencia: TRILEMA. MINEducación. (2017). Plan Decenal de Educación (2016 – 2026). Bogotá: MinEducación.

Price Waterhouse Cooper, Fundación Ashoka, Fundación Cotec, & Universidad Rey Juan Carlos . (2017). Estudio sobre las bases de un marco amplio de éxito escolar. Madrid.

UNESCO;. (2015). Las carreras docentes en America Latina: La acción meritocrática para el desarrollo profesional.

Santiago de Chile: OREALC/UNESCO.

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