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A voces y a gritos, los rectores de instituciones educativas en básica y media rumorean sobre el futuro de sus centros escolares, a causa de los cambios vertiginosos que el sector está viviendo. Tanto en mercados que están comenzando a entrar en una etapa de madurez, como el caso colombiano y peruano; como entornos donde buscan afanosamente mejorar sus niveles de competitividad educativa, caso, por ejemplo,  Panamá, República Dominicana y Bolivia.

Y la conclusión, siempre la misma, es la necesidad de generar un cambio estructural que parta desde las mismas instituciones educativas. Ser innovadores, ser diferentes, impactar con una propuesta de valor adicional, pensar en grande y de manera global. Pues sí, la respuesta está. Sin embargo,   nada se logra si las respuestas no están articuladas con acciones transformadoras desde la gestión humana de las instituciones.

Y es ahí, en las pálidas estructuras destinadas a esta gestión en los centros educativos –la gran mayoría sin una real estructura para ello-, donde la variable del cambio no terminar de configurarse. El cambio es un impulso que conlleva acciones y éstas a su vez denotan convicción humana para hacer. Y esto es imposible de alcanzar si no invertimos tiempo, esfuerzos y recursos en la promoción de una política para la gestión humana integral, que vaya más allá del simple pago a los docentes y administrativos que hacen posible el trabajo diario. El cambio, el verdadero, comienza por la gente. Apueste por ella.

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