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Por: Juan Carlos Pérez Del Corral*

A diferencia de las empresas que están en otros sectores de la economía, las instituciones educativas a penas ahora están pensando en la necesidad de reinventarse, para migrar de un modelo educativo que ha estado vigente durante siglos y que al parecer ya no responde de la mejor manera a las necesidades de un mundo cada vez más cambiante. Sin embargo, por la falta de otros referentes significativos que permitan una valoración real, pensamos que éste sigue dando frutos (no hay con quién comparase).

Si tenemos en cuenta, por ejemplo, el impacto que está teniendo la tecnología como parte de nuestras vidas, al no sólo facilitarnos el acceso al conocimiento y la información -en algunos casos desinformación- sino al cambiar la forma en que nos relacionamos y vivimos a diario; tanto así que ya nos encontramos con la implementación de la conectividad y el Internet en artículos de uso cotidiano como televisores, neveras y reproductores de música, entre otros dispositivos con los que interactuamos en nuestra vida diaria. Paradójicamente, llevando este sencillo caso a nuestro sector académico,  la apropiación de la tecnología  genera una brecha en las instituciones educativas entre los que son nativos digitales -que abarcan públicos que van desde los mismos alumnos, profesores y padres de familia- y aquellos que  les cuesta  el uso de la misma, y que durante años han hecho las cosas de la forma tradicional y presumen que ha funcionado y sigue funcionando bien, como lo pueden demostrar a groso modo los resultados de los alumnos en las pruebas de estado o en el ingreso y desempeño de los mismos en las universidades.

La primera claridad que debemos hacer es que la tecnología no es un fin en sí misma para un modelo educativo, sino un medio, lo que implica que no se trata de cambiar la intención educativa que inspiró la fundación de le escuela, sino adecuar sus procesos de acuerdo a la nueva realidad que estamos viviendo como seres humanos. De hecho, tratar de estar al día con la tecnología sale muy costoso dada la rapidez actual en sus plataformas de actualización y comercialización. Lo segundo es no caer en la tentación de descalificar a las personas a quienes les cuesta apropiarse del uso de las herramientas tecnológicas, se trata más bien de acompañarlos y motivarlos (no son objetos desechables). Lo tercero es que tampoco se trata de satanizar las viejas prácticas educativas, pues algunas son y seguirán siendo de utilidad

Por último, debemos hacernos a la idea de que el mundo seguirá en constante cambio, por lo que debemos generar una competencia institucional para que las personas se aprendan adaptar al mismo ya que nunca nada volverá a ser como antes.

A diferencia de las empresas de manufactura o tecnología, las instituciones educativas operan y dependen en un alto porcentaje del talento humano. Y eso hace que cualquier cambio o innovación sea más lento de implementar ya que no se trata de modernizar una planta o actualizar un software, sino de orientar nuestro equipo humano hacia el liderazgo basado en el cambio para que esté en capacidad de formar de la mejor manera posible a las personas del mañana.

El liderazgo transformador en la educación no debe estar basado en invertir sólo en tecnología y/o infraestructura. Me atrevería a decir que tampoco basta con invertir en planes de capacitación. Nada de lo anterior funcionará, si no hay un equipo humano comprometido y motivado.

Se hace necesario entonces liderar el ser, más que el hacer. Son las personas las que cambian y transforman las instituciones y no el dinero. De nada sirve capacitar a una persona que no esté motivada o convencida, para la consecución de nuevos retos.

Las instituciones educativas se enfrentan hoy al reto de alinear a sus empleados en pos del cambio, no se trata de desechar a las personas por su edad, ni de contratar sólo “milenials”; se trata de motivar y acompañar a todos los que estén dispuesto a unirse al reto del cambio y, al igual que a los alumnos, ayudarles a ser competentes en un mundo en constate evolución.

Más que capacitaciones masivas se necesita impactar al ser en su individualidad y para esto sirven herramientas como el coaching, el trabajo entre pares significativos, tutorías, entre otros.

Por último, y no menos importante, las instituciones educativas y quienes las lideran debemos aprender la lección de una vez por todas: lo más importante no es cuidar un currículo obsoleto basado en contenidos, que ha funcionado por años y al cuál le dedicamos más del 90% del tiempo de trabajo de la organización y nuestros recursos; sino migrar a la formación de competencias que les permitan a los alumnos desenvolverse en

una nueva realidad, donde muchos de  los trabajos que van a desempeñar ni siquiera existen en la actualidad. La escuela debe aprender a mirar hacia afuera (el contexto) y no sólo mirar hacia adentro.

Los planes de estudios y manuales, las leyes y decretos son medios y exigencias, pero para nada su cumplimiento va a trazar el rumbo o éxito de la escuela, ya que este depende de la visión de sus líderes y su capacidad de anticiparse al cambio.

 

*El Sr. Juan Carlos Pérez del Corral ha sido Rector por muchos años de uno de los colegios
más prestigiosos de Colombia y Antioquia, específicamente. Colaborador directivo,
actualmente se desempeña como miembro de la Alta Dirección para Colegios del grupo
Educativo perteneciente al Regnum Christi Región Venezuela, Colombia y Ecuador.

 

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